14.11.10

Yo también alguna vez medite sobre esto

La escuela como núcleo de “aprendizaje” es, sino el mayor, campo que determina el escenario propicio para el surgimiento de esclavos modernos como sustentos de una sociedad desgarradora, cruel, exitista basada en el poder de adquisición y en la imagen.

Es inevitable que recuerdes cuando eras pequeño al tus profesores emblemáticos con sus fastidiosos cuestionarios o sus caracteres fríos y parcos; los exámenes coeficiente dos que no despertaban en ti un desafío sino una ansiedad tal que sólo quedaban dos opciones: copiar con dignidad o asumir el rojo en la ficha de notas. De seguro, en más de una ocasión surgió la interrogante por antonomasia, de cualquier escolar: ¿de qué me sirve esto? Pues el hecho de que la formulación de la pregunta fuese bajo la funcionalidad y no el propósito de la misma, se debe a lo que podríamos denominar como presentismo numérico, es decir, la centralización del aprendizaje basado en la superación de contenidos vía calificaciones en escala del 1.0 al 7.0. La clasificación humana de la que hablamos parte desde que se inserta un niño en el sistema escolar: su ubicación e interacción en la misma, que obedece lógicamente al rol que le otorgan. Señalo rol, porque sus necesidades educativas y la forma en la que aprende un estudiante son reprimidas y alineadas de tal forma que si no responde a las exigencias, la categorización surge de inmediato y nacen los antagonismos. Todo el proceso educativo se reduce a superar la meta de la nota; ello se torna el eje principal sin importar el contexto socioeconómico ni la mochila familiar y cultural. Muy pocos maestros logran interiorizar en los alumnos un hábito relacionado con el por qué debo aprender y no para qué y es en éste punto donde la pedagogía debe generar el cambio radical e inicial. El problema no es el contenido, ni el método, sino la motivación, qué queremos lograr en los educandos, qué visión de mundo queremos entregarles, qué calidad de humanos esperamos, finalmente, formar. Muchas veces se ha cuestionado la propuesta de una pedagogía libertaria, por tildarla de poco efectiva al momento combatir la sociedad mercantil en la que nos encontramos parados, dado que se califica como reformista y poco activa al final de cuentas. Pero hay un punto que no se ha considerado: la premisa no parte por derribar ir al sistema sociopolítico añejo y esclavizar desde sus entrañas sofocantes o dentro de sí, sino impedir la llegada de los niños al mismo, es decir, batallar desde uno de los focos más radicales, duros y extensos en los que el ser humano se ve inmerso, desprotegido y expuesto día a día a la estructura autoritaria: la escuela. La propuesta debe estar enfocada en desarrollar en los alumnos todas las capacidades que el sistema escolar represor les niega, como lo es: el cultivo de un espíritu crítico y reflexivo en sus hábitos educativos que permite responder a la pregunta eterna: por qué aprender.

Ahora bien, no es extraño que el movimiento libertario sea conformado por jóvenes, en su mayoría y no nos basamos en argumentos de rebeldía propis y comunes como parte del desarrollo emocional y psicológico de la juventud, sino porque son capaces de vislumbrar y ver con ojos examinadores su derredor en donde se encuentran sumidos y muchas veces, asumidos. Una persona de edad más avanzada se encuentra en una posición mucho mas desventajosa y lamentablemente, perdido en las falsas ilusiones y comodidades que desde pequeño se han ido instalando en su saber, ante lo cual se torna más difícil que logre despojarse del manto maldito [1] , el cual perpetuará, para su desgracia, en su prole. Consecuentemente si no podemos hacerle frente al problema desde arriba, resulta más coherente actuar desde el principio, donde comienza todo el proceso de categorización, al más puro estilo empresas productoras de carne: en la escuela.

Los profesores en su mayoría poseen las buenas intenciones[2], otros sencillamente se adaptan porque es lo más cómodo, otros contribuyen fielmente al sistema educativo existente y otros queremos cambiar y atacar la enfermedad y el síntoma de una vez por todas,

Sin duda suena a utopía, a un trabajo de largo tiempo, pero si no actuamos, sino consideramos ésta propuesta educativa, jamás sabremos si es efectivo o no. Si no tenemos sueños ¿qué nos queda? Es lo que nos mueve, es lo que nos invita formar parte no de un grupo de profesores hippies, o problemáticos sino aquellos comprometidos realmente con los alumnos, los niños, aquellos que no solo pretendemos enseñarles o que aprendan, sino potenciar al máximo sus capacidades particulares y entregarles lo único que no encontrarán en libros de texto, google o en wikipedia: analizar y comprender la estructura del mundo que heredan pero a su vez las herramientas para construir otro.

Este articulo, no pretende convertirse en un examen más sobre la educación sino una invitación abierta al lector, puesto que si no actúas tú, ¿Quién entonces?.




[1] Nos referimos al argumento generalizado y al cual debiésemos eliminar por completo del vocabulario: “las cosas son así, siempre han sido y no cambiarán”. Un manto que se torna maldito en la medida en que somos nosotros mismos quienes impedimos que nos lo quiten, al colocar resistencia a una verdad tan cierta y evidente, pero que sin importar el daño que nos provoque, exigimos su presencia; perpetuando la vitalidad del argumento tácitamente.

[2] Otro argumento de resistencia entre docentes de mayor experiencia en los centros educativos; algo que para cualquier profesor recién egresado se torna más que un comentario pasajero, en un insulto ante sus ideales personales y su visión acerca de la pedagogía.